Pero es que yo soy una enamorada del amor, amor en todas sus formas. Muchas veces he deseado no haber despertado ese sentimiento nunca, porque una vez que empiezas no puedes parar, y llega a ser horroroso perder la cabeza por un par de ideas fuera de lugar.
Creo poco en el amor y bastante en el sexo
Ojala fuera cierto...
Sería más fácil compartir con una persona de todo menos sentimientos. Nos ahorraríamos problemas, seríamos animales de instintos primarios.
Pero es que yo soy una enamorada del amor, amor en todas sus formas. Muchas veces he deseado no haber despertado ese sentimiento nunca, porque una vez que empiezas no puedes parar, y llega a ser horroroso perder la cabeza por un par de ideas fuera de lugar.
Pero es que yo soy una enamorada del amor, amor en todas sus formas. Muchas veces he deseado no haber despertado ese sentimiento nunca, porque una vez que empiezas no puedes parar, y llega a ser horroroso perder la cabeza por un par de ideas fuera de lugar.
Nos venden el amor como una simple coincidencia de sentimientos y ¡no! Es mucho más que eso. El amor no es besar, ni tener pareja, ni relaciones sexuales. No necesitas a otra persona para sentir amor, de hecho, no necesitas nada, solo que cualquier día, el menos pensado, se te vaya la cabeza y sin darte cuenta empieces a hacer planes disparatados e imposibles que ni siquiera sabes si algún día llegarán a cumplirse, castillos en el aire le llaman. Pero, al igual que hay gente que cree en Dios, todos necesitamos creer en algo, y no creo que haya algo más bonito que creer que el amor existe siempre en alguna parte de nosotros, siendo siempre esta lo mejor de uno mismo.
Las relaciones se toman y se dejan como si se tratara del consumo de productos dejando a nuestro paso un reguero de corazones rotos, tal vez el nuestro. Queremos relaciones profundas, seguridad y a la vez absoluta libertad para probar otras cosas. Queremos consumir y consumir pero nos aterra que nos consuman.
¿Nunca has sentido que te faltaba el aire, que no podías respirar, que se te quedaban las palabras atascadas en la garganta, que el dolor te taponaba los oídos y que lo único que necesitabas era salir corriendo de ese lugar?
¿Nunca has sentido que se te oprimía el pecho, que necesitabas gritar, que querías darte cabezazos contra cualquier pared, que necesitabas pagar todo lo que te pasa con algo, que las lagrimas salían con rabia?
¿Nunca has sentido que necesitabas estar sola, que no querías oír nada, que no querías pensar, que necesitabas pasear sin rumbo por cualquier lugar, que las cosas eran diferentes a como eran todos los demás días del año?
¿Nunca has sentido el impulso de salir corriendo, de necesitar desaparecer, de querer esfumarte, de no poder existir, de que tu sonrisa era imposible, de no poder contener las lagrimas? ¿Has tenido alguna vez miedo a no poder dormir?
¿Nunca has sentido que se te oprimía el pecho, que necesitabas gritar, que querías darte cabezazos contra cualquier pared, que necesitabas pagar todo lo que te pasa con algo, que las lagrimas salían con rabia?
¿Nunca has sentido que necesitabas estar sola, que no querías oír nada, que no querías pensar, que necesitabas pasear sin rumbo por cualquier lugar, que las cosas eran diferentes a como eran todos los demás días del año?
¿Nunca has sentido el impulso de salir corriendo, de necesitar desaparecer, de querer esfumarte, de no poder existir, de que tu sonrisa era imposible, de no poder contener las lagrimas? ¿Has tenido alguna vez miedo a no poder dormir?
Podrían preguntarme de quién es el hilo que tira de mis comisuras y las mantiene altas, formando un pequeño hoyuelo que sólo él ve, y diría su nombre. Podrían preguntarme en qué me refugio cuando se apaga la luz y de quién son los orgasmos que brotan de mi garganta cuando me toca, y diría su nombre. Podrían preguntarme que es lo que más echo de menos y que es lo que más temo dejar de sentir, y diría su nombre. Podrían preguntarme de quién es ese olor que electriza y prohíbe a mis músculos e instintos respirar, ese olor que consigue dulcificar y a la vez excitar cada movimiento, ese olor por el cual moriría, y diría su nombre. Podrían preguntarme quién marca la constante de mis latidos, y diría su nombre. Podrían preguntarme por lo único por lo que daría mi alma, y diría su nombre sin dudarlo.
Y aún así nadie lo entendería, nadie entendería que no lo puedo querer más porque él no es más grande, que el secreto de nuestra felicidad reside en que el dolor de su hombro derecho y de mi hombro izquierdo supera el de la ausencia porque significa que hemos estado juntos, que no encuentro momento más completo que el estar tumbada sobre él en una cama de sábanas arrugadas mientras me mira fijamente, que adoro escucharle sonreír cuando lo abrazo y le susurro que quiero morir así y él responde con un “ojala...”. Es su nombre... Sólo su nombre. Y nadie puede entenderlo. Ni siquiera yo.
Y aún así nadie lo entendería, nadie entendería que no lo puedo querer más porque él no es más grande, que el secreto de nuestra felicidad reside en que el dolor de su hombro derecho y de mi hombro izquierdo supera el de la ausencia porque significa que hemos estado juntos, que no encuentro momento más completo que el estar tumbada sobre él en una cama de sábanas arrugadas mientras me mira fijamente, que adoro escucharle sonreír cuando lo abrazo y le susurro que quiero morir así y él responde con un “ojala...”. Es su nombre... Sólo su nombre. Y nadie puede entenderlo. Ni siquiera yo.
Bienvenidos a la estación más odiada por los enamorados. Verano.
Novios que van, novios que vuelven y rollos para hacer más llevadera la ausencia. Celos, peleas, cuernos, reencuentros, promesas rotas, súplicas y distancia, sobre todo distancia.
Pero si no tienes nada, no tienes nada que perder.
Jamás debí saltarme las reglas del juego.
Hoy voy a hacer lo que realmente me apetezca. Voy a comerte la boca a cada milésima de segundo. A clavarte mis pupilas como si fueran chinchetas. Mandaré a mis labios de excursión por tus orejas susurrando palabras sin sonido. Me volveré muda, hablándote con las manos que son las que mejor se entienden. Para el reloj. Me importa una mierda la hora que sea. Si es de día o es de noche a nosotros no nos afecta. Las estrellas las veremos igual, y el calor del sol nos cocerá a fuego lento. Súbete conmigo a esa montaña rusa donde el ritmo lo marca los latidos de mi pecho. Donde tú y yo lo único que tenemos que hacer es dejarnos llevar. Donde voy a quererte hasta la última letra de tu nombre. Porque eso es lo que me apetece hacer hoy.
¿Casualidad? No lo creo.
La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos. La estiras, la extiendes y nunca es suficiente. La sacudes, le das patadas, pero no llega a cubrirnos, y desde que llegamos llorando hasta que nos vamos muriendo sólo nos cubre la cara mientras gemimos, lloramos y gritamos.
Tardo mucho en arreglarme, odio los problemas y a las zorras sin razón, amo los cds antiguos y vagueo en vacaciones. Canto cuando quiero, cuando estoy triste para alegrarme, cuando te vas para consolarme. Voy al cine dos veces al año y me encanta que huela todo a colonia. Que me dejen con ganas de más para mí es pecado, quien no adore mi personalidad es culpa suya, no mía. Quien se pierda conmigo una noche, despierta por la mañana con una buena sonrisa. Quien me enseñe a no decir palabrotas es un genio, y quien me diga que he perdido, no tiene ni idea de lo que soy capaz de hacer.
Tengo la risa torcida y los ojos de dos colores. Tengo las piernas cansadas, las rodillas frías y mis pies dan tropezones. Tengo el alma ennegrecida, la lengua humedecida y un corazón que sangra a borbotones. Una garganta que ladra, una cabeza que piensa y que por andar despacio y tan tiesa, se ensaña con migrañas cada mañana porque nadie me acompaña. Tengo dedos que dibujan y las uñas largas, como las de las brujas. Tengo gatos en la espalda que maúllan porque te extrañan y música en las orejas, para no escuchar a la vida y estar como las viejas. Los codos arrugados, y en las palmas de mis manos árboles que mueren a causa de mis pecados. Me falta un hervor con aceite y el orégano, que en mi paladar tiene cierto deleite.
Tengo el cuello congelado y tengo besos sin amparo.
Decimos que superamos las cosas, cuando ya no nos afectan; cuando no están presentes los detalles; cuando recordamos más con nostalgia los tiempos vividos, que con rencor o tristeza por lo ocurrido. Igual que las personas que decidimos sacar de nuestras vidas.
Las superamos no cuando cumplimos X cantidad de tiempo sin verlas; sino el día que, estando en un mismo espacio, ya no hacen diferencia.
Hicimos el amor muchas noches. Y muchas mañanas. Y muchas tardes.
Teníamos tanta magia que parecía gastarse en un revolcón.
Lo nuestro fue intemporal. Tuvimos segundas partes. E incluso terceras. Tuvimos de todo mientras éramos uno.

Hubiera matado monstruos por ti, como dice la canción. Me hubiera muerto yo, por un beso tuyo hace mucho tiempo. Pero el tiempo pasa. Y con él, la distancia.
Y te veo. Te abrazo. Pero no me sale besarte.
Y ahora no sé en lo que me habré convertido, qué dices que soy....
Pero me va el juego. Lo que menos se parezca al amor. Me va lo de quiéreme un ratito, y si eso después me voy.
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